Seguro que habrás oído alguna vez eso de…

Fluye, suelta, confía y todo saldrá bien.

Suena de maravilla, ¿verdad? Desde luego que es una frase que invita a liberarse, a dejar de luchar y aceptar la realidad tal y como es, pero (y no quiero caer en el pero que anula, porque no, no anula) ¿es tan fácil como nos la quieren vender? Honestamente, esta breve frasecita encapsula un mundo complejo lleno de enseñanzas y puntos de vista que merecen ser transitados.

En este artículo, quiero matizar una de las infinitas piezas de esto del fluir, del vibrar bajo las leyes del universo sin luchar. Se trata de el apego al resultado. Así es, estoy seguro de que alguna vez, aunque sea solo una (serías muy afortunado), has caído en la trampa del apego. Evidentemente, si hay un resultado esperado es porque tienes un objetivo en mente, una meta. Para que esto se entienda mejor, pongo un ejemplo que está muy relacionado con mi situación actual:

EMPRENDER UN NEGOCIO

¡Ay amigos! el duro camino del emprendimiento, el sendero a la independencia y abandono de una seguridad que depende de una nómina y, por ende, de una compañía que te contrate. Es más que evidente que lanzarse a crear un negocio propio es una tarea para valientes. En mi caso, crecí en una familia de clase obrera emprendedora. Mis padres tenían una fontanería en el barrio y consiguieron vivir de ello durante muchos años, sin embargo, no fue un camino de rosas, pasaron por periodos complicados y muchos quebraderos de cabeza. Es por ello que más de una vez me dijeron una frase como esta:

«Hijo mío, tu estudia y busca un trabajo en condiciones en el que cobres una nómina todos los meses. Así sabrás lo que vas a cobrar y no tendrás que pasar por las complicaciones que nosotros pasamos. Hazme caso»

Pareciere que me estoy desviando del tema, pero te aseguro que todo tiene que ver. Escuchar estas palabras durante toda mi vida fue sembrando en mí una necesidad de buscar seguridad económica y aspirar a grandes empresas que pudieran proveerme de un porvenir duradero y estable, así como una nómina jugosita que me permitiera ahorrar y vivir cómodamente.

Harto de trabajar para otros y sentir que lo que hacía solo implicaba que diferentes empresas se llenaran las sacas de vergonzosas cantidades de dinero mientras yo prostituía mi tiempo, mi bien más valioso e irrecuperable, decidí lanzarme al mundo del autónomo y crear mi negocio online para ofrecer mis servicios como coach.

Estarás pensando: «¡Vaya chapa me está metiendo este tío!». Por favor, paciencia, que ya llega el meollo de la cuestión.

Tras formarme, presentar todas las prácticas, obtener mi título y certificarme como coach en ASESCO, comencé a crear mi negocio online, la web en la que te encuentras ahora mismo (ya que estamos, date una vueltecita). Durante ese proceso creativo en el que trabajé con una mentora para elaborar mi marca personal y todo el contenido, sentía que me estaba costando disfrutar de ello. Estaban apareciendo frente a mí las termitas matasueños. Son unos insolentes bichitos que poquito a poco van mordisqueando tus ilusiones hasta dejarlas colgando de un hilo. Si no le pones remedio, ¡se comen todo lo que pillan! Estas termitas nacían de mi apego al resultado. Siempre que nos proponemos algo esperamos un resultado final, yo lo llamo:

RESULTADO SUPERFICIAL O PRAGMÁTICO

Se trata de aquello que quieres lograr como resultado final a todas las acciones que estás llevando a cabo. Es la parte más superficial y pragmática porque normalmente se orienta hacia asuntos de fuera y también económicos. Me refiero a la pasta, vaya, sin ir más lejos. En el ejemplo que te ponía anteriormente, mi resultado superficial o pragmático era conseguir clientes y ganar dinero. Al apegarme a esta idea (como es lógico, somos humanos y nos preocupa disponer de medios para sobrevivir), empezaba a poner mi foco en ese resultado. Como consecuencia de este foco, nacían esas termitas, esos miedos e inseguridades que bloquean e impiden que fluyas, y empezaba a pensar cosas como:

  • ¿Y si después de todo el dinero invertido no consigo ningún cliente?
  • ¿Y si a nadie le interesa los servicios que ofrezco?
  • ¿Y si después de todo el esfuerzo resulta que al final tengo que volver a trabajar en una oficina 40 horas a la semana y agachar la cabeza?
  • ¿Y si….

¡Basta de «y sis»! Con tanto apego al resultado superficial o pragmático estaba olvidando los verdaderos motivos por los que me había tirado a la piscina. Mis para qués y porqués, los valores con los que estaba conectando, el anhelo que mi ser interior estaba persiguiendo, en definitiva, el sinfín de logros y motivaciones internas que se cocían en mi interior a fuego lento. La avalancha de aprendizajes, de escapaditas de mi zona de confort, de nuevas sensaciones, emociones, aventuras… todo eso, ¿que pasaba con eso? ¡Que se estaba eclipsando por mi apego al resultado! No me daba cuenta de que lo verdaderamente importante no era si al final conseguía ganarme la vida con ese negocio o qué opinara o dejara de opinar el público. Era como si esto me produjera cierto grado de ceguera mezclada con amnesia y no lograra ver ni recordar como y porqué había llegado a donde estaba.

Decidí entonces que el resultado superficial o pragmático no iba a ser mi foco. Empecé a poner el foco en el día a día, en el presente y a navegar disfrutando de las pequeñas y enormes satisfacciones que ya tenía entre mis manos. Si no era feliz con lo que tenía, ¿qué me hacía pensar que lograr ese resultado superficial o pragmático me haría feliz? No me entiendas mal, no era infeliz, pero el apego a eso que deseaba me hacía digamos fijarme en otros asuntos.

Para ir terminando, da igual lo que te propongas, ya sea escribir un libro, aprender a tatuar, montarte un blog de viajes, apuntarte a un curso de caracterización para cine, hacer una formación en eneagrama, yo que sé, lo que sea que te apetezca hacer, el resultado superficial o pragmático no es la meta. La meta es el camino, y te puedo asegurar, que logres o no ese resultado último, ya estarás cumpliendo con muchos otros objetivos internos más importantes que ese. Siempre y cuando aquello que hagas sea desde el corazón, desde la honestidad contigo mismo, sea algo que te haga vibrar y sentir que estás desarrollándote y creciendo como persona, no hay nada que temer. El resultado superficial o pragmático puede llegar o no, pero esa no es la cuestión. La cuestión se reduce en las siguientes preguntas:

  • ¿Qué te estás llevando de eso que te has propuesto?
  • ¿Qué nuevas oportunidades, posibilidades o maneras de hacer las cosas estás aprendiendo?
  • ¿Qué fortalezas estás descubriendo de ti mismo durante ese camino?
  • En caso de que fracases, teniendo en cuenta que soy de los que piensan que no existen los fracasos, pero aún así, ¿qué aprendizajes obtienes de ese supuesto fracaso y que puedes hacer ahora con lo que has aprendido?

Para fluir con la vida, una de las muchas cosas que puedes hacer es desapegarte del resultado superficial y pragmático. Confía en el camino, pues la meta está ahí, no después. Vive aquello que te propongas como un irresistible paseo a lo desconocido, a ese lugar lleno de nuevas rutas y aventuras que solo puedes descubrir si decides confiar en ti mismo y fluir.

Y ahora sí que sí, termino estas línea que tanto he disfrutado escribiendo. No cabe duda de que volveré a hablar de este tema, es algo que me llama la atención y creo que no se puede resumir en un simple fluye y confía. Esto de rendirse a la vida y fluir es una experiencia única que se ha de aprender sin prisa… pero sin pausa, oiga.

Un fuerte abrazo fluido.

Víctor

 

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